Un trayecto inesperado…

El otoño empieza, o eso dicen los ancianos cuando en pleno mes de Septiembre empieza a refrescar. Antaño cuando la huella del ser humano en la piel de este planeta no era tan acusada como ahora, el cambio de estación era más severo. Nos atreveríamos a decir que allá por mediados del mes de Agosto, en las madrugadas de verbena, uno tenía que echarse la manga larga para no padecer la tiritera del rocío.

Una tarde de sábado frente al televisor, se enciende la chispa del planing que habíamos pensado para el fin de semana si el tiempo acompañaba, y prestos a cumplir con lo establecido nos dirigimos a realizar una ruta por las veredas de Navacerrada adentrándonos por boca de asno sin rumbo fijado ni más que las cámaras para capturar nuestros pasos en el atardecer de la sierra.

Dado que el sol ya empezó a reducir su jornada y nuestra llegada es más tardía que en otras ocasiones, solo hemos realizado un pequeño trecho, pero muy provechoso, puesto que la belleza del entorno nos ha convencido para volver desde la mañana y completar la ruta que hubiéramos querido terminar en ese momento.

Una vereda casi virgen empieza desde el puente del río. Ascendemos en busca de los últimos rayos de luz que ya se esconden entre un frondoso bosque de coníferas que solo ilumina la media de los viejos pinos que habitan el lugar. El suelo se cubre de agua y verde a nuestro alrededor, y llegados a una media llanura una manta de helechos hace que desaparezca el tronco de los árboles como si de un mar verde se tratara. Hasta ahí nuestra andadura, ya que la noche se acerca y no es conveniente perderse en estos parajes. En el descenso nos sorprende una manada de taurinos negros como el azabache, pastando el verde fresco de la sierra, la cercanía de su figura impone y el respeto máximo hace que aumentemos el ritmo hasta pasar este trecho.  Llegados al punto de partida, casi de noche, hemos pensado en repetir este trayecto por la mañana, y vuelta a empezar repetimos los pasos, estirando el trayecto matinal hasta llegar a Puerto de Cotos.

A media mañana hay que hacer la pertinente parada para recobrar energías y deleitarnos con uno de los frutos rojos que crecen por estos lugares, unas moras de zarza que hemos ido recogiendo por el camino. Tomado el aperitivo, hemos decidido iniciar el camino hasta la Laguna Grande de Peñalara para llegar a la mitad del trayecto elegido unos 8,5 km. donde nos ilumina el sol de mediodía, paramos de nuevo para observar el paisaje y comer algo para retormar el viaje de vuelta.

Al final del camino el conteo de pasos nos indica unos 17 km. recorridos, una distancia más que aceptable para el día completo con desniveles de aproximadamente 1700 m. que de seguro nuestras piernas notarán llegada la noche.

Os dejamos unas capturas en nuestra galería de este día tan provechoso.


2 respuestas a “Un trayecto inesperado…

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